La verdad escénica no es decir la verdad, ni tampoco ser realista.

Es vivir algo verdadero en el momento, aunque sea absurdo, poético o delirante.

No importa que sea creíble, sino que sea vivo, coherente e interesante.

El público la siente, aunque no pueda explicarla.

No hay técnica que la garantice: solo presencia y entrega.

La verdad no se define: se reconoce cuando aparece.