En la actuación no existe el bien ni el mal.

Lo que hay son miradas subjetivas sobre qué tan verdadero, interesante o vivo parece algo —para el director, para el público o para uno mismo.

Cuando un director propone una dirección, inevitablemente instala una forma de criterio.

Pero si elige un camino distinto al que vos encontraste, no significa que tenga razón ni que lo tuyo esté mal:

significa simplemente que él ese día no vio algo ahí.

Y eso muchas veces dice más sobre su mirada que sobre tu trabajo.

El rol del actor no es complacer ni adivinar el gusto del otro,

sino estar disponible, presente y orgánico a lo que le sucede,

sin aferrarse a ninguna idea y dispuesto a probar hasta que algo cobre vida.

El director, en cambio, tiene la tarea de ver y ordenar,

de reconocer cuando algo vivo aparece —aunque no lo haya planeado.